Temporada de caza

Mientras los extremistas pregonan su retórica anti-inmigrantes a lo largo de la conflictiva frontera de Arizona, se avecina una tormenta

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TOMBSTONE, Ariz. -- En 1881, sólo llevó 30 segundos y 25 tiros en el O.K. Corral para fijar este pequeño pueblo de frontera en la imaginación nacional. En octubre pasado, sólo hizo falta una editorial de un diario local con tendencia a equivocarse para convertir esta trampa turística del Viejo Oeste -- y el verde pero sórdido territorio fronterizo en el que se encuentra -- en un símbolo de lo vehemente e imprudente que se ha vuelto el movimiento anti-inmigración en los Estados Unidos.

"¡BASTA YA!" vociferaba el titular a toda plana de la edición del 24 de Octubre del Tombstone Tumbleweed. "¡UN LLAMAMIENTO PÚBLICO A LAS ARMAS! ¡SE CREA LA MILICIA DE LA PATRULLA FRONTERIZA DE CIUDADANOS!". En una letra apenas más pequeña, el propietario, editor y director gerente del Tumbleweed, Chris Simcox exhortaba a sus conterráneos de Arizona, "¡ÚNANSE PARA PROTEGER SU PAíS EN TIEMPOS DE GUERRA!".

Simcox no estaba hablando de la guerra en Irak. Hablaba de una guerra que se libraba en el patio trasero del Tumbleweed, en la frontera entre México y los Estados Unidos. Allí, Simcox escribió en un lenguaje similar al de Patrick Buchanan y otros extremistas anti-inmigración, "una multitud de refugiados sin control" está "escapando de un gobierno de estructura marxista" en lo que viene a ser una "invasión" de los Estados Unidos. Para contrarrestar esta supuesta invasión, Simcox demandó medidas drásticas: un "comité de vigilantes" que haría rondas en los territorios fronterizos, atraparía inmigrantes y los enviaría de vuelta al sur.

Lo bueno del vigilantismo, escribió Simcox, es sencillo: "para abordar el problema, en realidad nosotros gozamos de más libertad que el gobierno y las fuerzas del orden, ya que ellos están atrapados en una maraña de leyes y restricciones".

En cualquier otro lugar, la idea de que ciudadanos particulares que portan armas no tienen que responder a las "leyes y restricciones" podría sonar llanamente ridícula. Pero en medio de las montañas cobrizas y del pródigo pero espinoso desierto del sudeste de Arizona, el legado de vigilantes de los muchachos Earp nunca se ha extinguido por completo, y más bien atrae a gente como Simcox, quien se mudó desde Los Ángeles. "El tipo es un lunático", dice Dusty Escapule, alcalde de Tombstone, "y va a hacer que alguien muera".

"Yo mataría a todos"
Simcox no está para nada solo. Durante los últimos cinco años, la mentalidad del Lejano Oeste ha revivido en este desierto. Y motivado por la venganza.

A mediados de la década de los 90, un cambio significativo en la política fronteriza estadounidense desplazó a los inmigrantes de las zonas urbanas de California y Texas -- donde el acceso ha sido siempre fácil– y los obligó a cruzar un terreno mucho más hostil. La idea era que, al tener que cruzar desiertos y atravesar ríos, estas personas desistirían de realizar el viaje.

En cambio, el resultado principal de esta política fue la transformación del sur de Arizona en el lugar más popular para cruzar desde México, con el avance de cientos de miles de personas a través de este desierto traicionero todos los años.

Es bastante comprensible que semejante situación no agradara a los rancheros de este explosivo rincón de Arizona. Vieron cómo su ganado era robado o sacrificado como medio de alimentación, sus cercas cortadas y sus terrenos manchados de basura y desechos humanos. Varios rancheros reaccionaron armándose con revólveres Colt .45 y rifles M-16, además de sistemas de vigilancia de alta tecnología para detectar "intrusos".

Según se dice, al menos 20 ciudadanos particulares han hecho uso de sus arsenales para arrestar -- y en algunos casos, maltratar y disparar -- a personas que llegaban del otro lado de la frontera.

Se comenta que el verano pasado, en una reunión con funcionarios de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos, un ranchero dijo a gritos: "Si por mí fuera, los mataría a todos".

Aún no se ha llegado a eso. Pero durante el otoño pasado, los esfuerzos de "autodefensa" y la furia de los rancheros, no sólo inspiraron a Simcox, que dice haberse hartado de cruzarse con inmigrantes "delincuentes" en Los Ángeles; sino que atrajo a uno de los principales extremistas anti-inmigración de la nación, quien se vale de esta locura para fomentar temor y aversión hacia la inmigración a los Estados Unidos. En octubre, un grupo paramilitar fuertemente armado estableció una presencia "semipermanente" en el área luego de llevar a cabo una cacería de inmigrantes y drogas durante dos semanas.

Hasta ahora, las fuerzas del orden locales se han negado a procesar judicialmente lo que parecen ser actos de vigilantismo, aunque la Comisión de los Derechos Civiles de los Estados Unidos se ha unido a la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (American Civil Liberties Union, ACLU), el gobierno mexicano, grupos de derechos humanos y autoridades locales en un llamamiento para poner fin a la violencia. "Si ustedes no procesan a estas personas por golpear o matar ciudadanos mexicanos", dice el alcalde Escapule, "es como si fuera temporada de caza".

Eso es exactamente lo que temen los activistas de derechos humanos, a medida que millones más de inmigrantes se van abriendo paso por peligrosos senderos entre pastos Johnson y cactus saguaros en los próximos años. "Hay gente que circula por ahí armada pensando que el sheriff está a favor de lo que hacen", dice John Fife, que dirige un grupo establecido en Tucson llamado la Patrulla Samaritana. "Esto parece sacado directamente del Viejo Oeste. Cuando se tiene esa clase de mentalidad, ante este tipo de crisis inmigratoria, existe un problema en potencia. Un problema serio".

Una historia de tortura
Los problemas -- si bien serios -- no son nada nuevo en estos lugares. Pregunte a cualquiera al norte o sur de la frontera, y lo más probable es que le dirán: el Condado de Cochise tiene una bien ganada reputación de violencia racista.

Esta reputación se consolidó un cálido día de agosto de 1976. Tres ciudadanos mexicanos treparon el cercado fronterizo del Condado de Cochise, con dirección a sitios cercanos de trabajo. Cuando se detuvieron en un molino de viento a llenar de agua sus jarros, el joven ranchero Tom Hanigan los tomó de rehenes a punta de pistola. Luego aparecieron Patrick, hermano de Tom, y George, el padre, un hombre de edad avanzada y activista político de derecha. Según el libro On the Border (En la frontera) del abogado Antonio Bustamante y Tom Miller, se les dijo a los mexicanos: "Muy bien, mojados de mierda. Ustedes no van a ir a ningún lado".

Mientras George Hanigan hacía guardia con la escopeta y se reía a carcajadas, los hijos ataban de manos y pies a los mexicanos -- inmortalizados luego por una canción folklórica como los tres mojados -- y con cuchillos les rasgaron el pelo y despojaron de sus ropas. Los gringos hicieron una fogata con leña de mezquite cerca de los inmigrantes desnudos y quemaron sus ropas y bolsas de comida mientras los amenazaban y ponían en ridículo. George Hanigan decía con desprecio: "Ahora vamos a ver si su Virgen de Guadalupe los ayuda".

Uno de los muchachos Hanigan sacó del fuego un hierro largo y pasó la parte caliente por encima de los cuerpos desnudos de los hombres. El otro muchacho supuestamente se lo quitó y tocó con el hierro caliente los pies de uno de los hombres una y otra vez, hasta que el hedor de la piel quemada se mezcló con el mezquite. El viejo tomó un cuchillo y amenazó con cortar los testículos de uno de los hombres. A uno de los hombres le habían atado una cuerda al cuello y lo arrastraron por la arena ardiente del desierto.

Max Torres, por mucho tiempo activista de la comunidad, rememora: "Cuando terminaron de divertirse, los liberaron uno a uno, señalando hacia México y disparando perdigones". Uno de los hombres terminó con 47 proyectiles en la espalda; otro tenía 125. "Imagine el horror de los dos que quedaban, y luego del último, al escuchar los tiros", dice Torres.

Por milagro, los tres mojados sobrevivieron y contaron a los funcionarios su penosa experiencia. Más milagroso fue el hecho de que el procurador del Condado de Cochise procesara a los Hanigan por once cargos cada uno. Luego los milagros se acabaron. George Hanigan murió antes del juicio, pero eso sólo significó que no vivió para ser exculpado. Un jurado compuesto por sus semejantes, todos blancos del Condado de Cochise, halló inocentes a Tom y a Pat Hanigan de cada uno de los cargos.

En las dos décadas siguientes, el vigilantismo apareció en forma esporádica en el sudeste de Arizona. A veces los que estaban fuera de la ley eran los rancheros locales, como el que en 1980 encadenó a un inmigrante mexicano de 16 años del cuello a un excusado que se encontraba afuera de la casa, y lo torturó y le hizo pasar hambre durante 4 días.

A veces se trataba de agitadores externos, como los de Civil Materiel Assistance (CMA), un grupo paramilitar que también estaba involucrado con los Contras de Nicaragua. Se dice que en 1986, la CMA detuvo inmigrantes a punta de pistola para luego entregarlos a agentes de la Patrulla Fronteriza, luego de "haberse divertido" durante horas con los cautivos.

Pero lo que demostró definitivamente a los inmigrantes lo que les podría suceder si cruzaban la frontera al Condado de Cochise fue el episodio con los Hanigan. Y ahora que la exorbitantemente costosa "Iniciativa de la Frontera Sudoeste" ha asegurado que cientos de miles crucen la frontera en este punto cada año, el recuerdo de los tres mojados sigue presente en el desierto como una pesadilla.

Lo más alarmante, en muchas formas, fue cómo reaccionaron los funcionarios de las fuerzas del orden. Un par de ellos comentaron a Tom Miller que el único error de los Hanigan fue no haber acabado con los mexicanos. "Entiendo lo de dispararles, ¿sabe?, volarles la cabeza" dijo Drex Atkinson, que entonces era agente de alto rango de la Patrulla Fronteriza "pero torturarlos, no tiene sentido".