CONDADO DE COCHISE, Arizona —Ronald Morales y su hija de 11 años, agazapados, se movían silenciosa y rápidamente con la esperanza de no ser detectados. El sigilo era vital a medida que trepaban las piedras y los matorrales que abundan en el desierto de Sonora al norte de la frontera con México.

El 30 de octubre de 2004, Morales, un empleado del Departamento de Defensa de 37 años de edad, estaba cazando venados junto a su padre, Arturo, y tres niñas pequeñas: sus hijas Vanese, que entonces tenía 11 años, y Angelique, de 9, y Emma English, una amiga de ellas que también tenía 11 años. Todos eran estadounidenses de origen mejicano: ciudadanos estadounidenses de nacimiento.

De esta manera, Ron Morales cuenta la historia: alrededor de las 4 de la tarde, él y su hija mayor se apartaron del resto que estaba adentro de la camioneta para acercarse cautelosamente a un ejemplar macho que habían visto.

Vanese tenía enfocado al venado con sus binoculares cuando el sonido de un alboroto distante que provenía desde donde estaba la camioneta, alarmó a su padre. Morales tomó el rifle, se lo colgó al hombro y ambos corrieron hacia el vehículo.

Al llegar se encontraron con otro vehículo estacionado al lado del de ellos. Luego, Morales dice: un hombre blanco enojado, con una pistola calzada en su cintura, caminaba de un lado al otro, gritando obscenidades. "¡Desgraciados: están invadiendo mi propiedad! ¡Tienen que salir de acá inmediatamente!"

"Tengo permiso para cazar, tengo un mapa" se quejó Morales mientras caminaba hacia su vehículo, bajó el rifle y tomó un mapa del Bureau of Land Management (Oficina de Administración de Tierras) y trató de hacer entrar en razones al hombre.

Morales, un veterano de la Armada, dice que se dirigía al hombre llamándole "señor" y le preguntó su nombre. El hombre fue a la cabina de su camioneta y extrajo un rifle de asalto AR-15 y le contestó a Morales. "¡Me llamo Roger Barnett! ¡Si no salen de mi propiedad, los voy a matar a todos!" "Entonces", dice Morales, "Barnett cargó su arma y me apuntó al pecho".


El enfrentamiento
Dos años después, Ron Morales y Roger Barnett se enfrentaron nuevamente, los dos sentados estoicamente a ambos lados de la austera sala del tribunal presidido por el Juez James Conlogue del Condado de Cochise, que limita con México al sureste de Arizona. Afuera, el viento de noviembre azotaba las calles con impunidad.

Iba a ser una confrontación épica, probablemente la más dramática que se haya visto entre individuos de línea dura que se oponen a la inmigración y aquellos que asumen una postura más flexible. Ante la atenta mirada de los periodistas y otros observadores locales y de sitios más lejanos, el enfrentamiento revelaría desde el inicio la batalla cada vez más virulenta respecto de la inmigración ilegal.

Más gente se desplaza con dificultad por esta hermosa y escarpada zona del desierto de Sonora, que se extiende desde el norte de México hacia Arizona, que cualquier otra parte de la frontera que tiene 2.000 millas de largo. Es aquí que Roger Barnett concitó la atención nacional sobre la situación inmigratoria con sus quejas públicas y a viva voz, respecto de los inmigrantes ilegales que entran sin permiso en su extenso rancho. Es aquí también que Barnett, un hombre que se jacta de haber capturado personalmente 12.000 inmigrantes ilegales, ideó de manera eficaz todo el movimiento de patrullas de frontera compuestas por ciudadanos, movimiento este que alguna vez fuera denominado "vigilante" por el Presidente Bush, un texano íntimamente familiarizado con las zonas de frontera.

Dueño de un rancho desde 1996, Barnett es un individuo con aires de prepotencia, de cabello cano y cara colorada por el sol del desierto cuya reputación de militante – al igual que el movimiento vigilante que él inspirara – ejerce influencia más allá del Condado de Cochise.

"Los humanos son la presa más importante que hay sobre la Tierra," relató Roger Barnett a un periodista del Independent de Londres en mayo de 2000, seis meses después de que fuera fotografiado para la revista blandiendo un M-16, y exactamente 16 meses antes de que Chris Simcox dejara de dar clases en el jardín de infantes de California para organizar la milicia de Arizona que eventualmente se convertiría en el Minutemen, en la actualidad el grupo civil más conocido que lleva armas a la frontera en un intento por detener la inmigración ilegal.

"Un vigilante sale, rodea a la gente, preside un juicio y los ejecuta. Yo no hice eso todavía", comentó Barnett a USA Today ese mismo año. "Pero podría ocurrir un baño de sangre."


La imposibilidad de llegar a juicio
Al tiempo que no hay pruebas sustentables de que Barnett haya cometido un hecho sangriento, hay informes de que Barnett y su hermano Donald detuvieron a inmigrantes ilegales a punta de pistola, persiguiéndolos con vehículos todo terreno, y usando a sus perros para intimidar y atacar a los inmigrantes. Estos informes colmaron la Oficina del Sheriff del Condado de Cochise durante años. Cuatro meses antes del incidente protagonizado por Morales, por ejemplo, un grupo de inmigrantes informó que Barnett los detuvo a punto de pistola, tomó a una mujer del cabello y le puso una pistola en las costillas. Otro miembro del grupo dijo que el ranchero lo empujó hacia el frente de su vehículo todo terreno e incitó a sus perros para que lo atacaran.

Aún así, el Fiscal del Condado de Cochise, Ed Rheinheimer, más de una vez se negó a presentar cargos penales contra este acaudalado ranchero amante de portar armas, afirmando que Barnett estaba en todo su derecho de utilizar amenazas de muerte para evitar o abortar la violación de su propiedad. "Tratamos de evitar quedar atascados en el medio de temas políticos" dijo Rheinheimer. "Si Roger Barnett excediera los límites y tuviéramos un caso para llevar a juicio, no dudaríamos en hacerlo."

Aún cuando ello fuera cierto, la percepción local es que es improbable que dicho juicio tenga lugar.

"El Condado de Cochise es muy conservador, uno de los más conservadores de Arizona," afirmó el abogado de Morales, Jesus Romo Vejar, al Intelligence Report. "Barnett tiene un gran número de personas que comparten su opinión. Hay mucha gente que respalda sus ideas y su forma de actuar."

No obstante, a medida que se acumulan las quejas contra Barnett, también aumenta la frustración de los activistas de derechos civiles y otros en el Condado de Cochise que ven en la falta de un juicio penal el respaldo oficial a los actos de Barnett. Y por ende, Vejar y sus clientes decidieron ellos mismos buscar justicia a través de un juicio civil con la esperanza de que una victoria se convierta en la primera grieta de la férrea y renuente política oficial de enfrentar a los vigilantes. En el otoño pasado, presentaron una acusación contra Barnett con el asesoramiento y asistencia financiera del Southern Poverty Law Center (Centro sureño de asistencia legal para personas de bajos recursos) —que publica el Intelligence Report— acusándolo de agresión, privación ilegítima de la libertad y de haberle ocasionado una aflicción emocional e intencional. Solicitaron la suma de 200.000 dólares estadounidenses en concepto de daños y perjuicios.

Vejar sabía que tenía todas las posibilidades en su contra, aun cuando en esta oportunidad, a diferencia de otras, Barnett había amenazado a ciudadanos estadounidenses. Vejar había perdido otro caso civil iniciado contra Barnett en el mismo tribunal unos meses antes, y en este juicio se enfrentaba a un jurado que casi en su totalidad estaba compuesto por personas de raza blanca pertenecientes a un condado con una población latina del 30%. "Es como presentar un caso en el Mississippi de los sesenta," dijo con una sonrisa cansada.


Con ustedes, el juez
Cuando el Juez Conlogue convoca a la presentación de alegatos, Vejar juega con un manojo de fichas antes de enfrentar al jurado. Su actitud es calma, simple y metódica. Alto y calvo, con la piel bronceada, mirada cálida y barba recortada, se parece a un profesor de química y habla con marcado acento.

"El 30 de octubre de 2004, la vida de mis clientes cambió drásticamente" le explicó al jurado mientras les brindaba los detalles de lo ocurrido cuando las tres niñas se encontraron con Roger Barnett "gritando obscenidades que ningún niño debería escuchar, con la cara transformada, portando un arma en su cintura."

Vejar es menos impetuoso que decidido. Termina su alegato simplemente diciéndole a los miembros del jurado: "les pido justicia" El abogado de Barnett, vistiendo un traje a rayas y acariciando su barba, presenta a su cliente como un joven lugareño que creció en Bisbee antes de convertirse en ranchero, y que con el tiempo compró y arrendó 22.000 acres. A lo largo del juicio, Kelliher intentará mantener el interés en el tema de la entrada ilegal y los derechos de propiedad, en lugar de la discutible reputación de Barnett y su propensión a involucrarse en confrontaciones armadas.

"No dudo que se dijeron cosas. Había gente portando armas, gente entrando ilegalmente a una propiedad" Kelliher le dice al jurado. "Lo que realmente pongo en duda es si este hombre, Roger Barnett, amenazó con matar a alguien."

El primer testigo de Vejar es Arturo Morales, un abuelo nervioso que usa camisa marrón y blanca con caballos estampados. "Las únicas cosas [palabras] que utilizó fueron blasfemias, amenazas, que tenía que irme de su mal... maldito rancho. Con solo verle la cara, me daba miedo."

Despreocupadamente, Barnett muerde sus anteojos y deja que sus dedos recorran su cara que gesticula permanentemente mientras el anciano detalla su versión de los hechos. Arturo declara que Barnett fue "salvaje" y que le ordenó: "salgan de aquí o empiezo a disparar" El interrogatorio de Kelliher hacia Arturo es agresivo. "¿Usted sostiene que su vida cambió, que la situación fue abrumadora y aún así no buscó ayuda psicológica?"

Arturo reconoce que no lo hizo.

Kelliher también hace que Arturo admita que fue imputado por estar cazando ilegalmente en las tierras de Barnett más de un año atrás antes del enfrentamiento de 2004.

El abogado lee a partir del testimonio del anciano, lenta y detenidamente haciendo hincapié en los errores gramaticales de Arturo. Kelliher elige las contradicciones que surgen de las declaraciones de Arturo respecto de quién estaba de pie y en qué lugar exactamente durante el encuentro, tratando de objetar su credibilidad. Arturo rápidamente se encuentra confundido, y Kelliher parece deleitarse en hacerlo trastabillar al relatar los detalles. Por último, Arturo Morales deja el estrado y el Juez llama a un receso. Roger Barnett permanece en la sala y alegremente saluda a un simpatizante que se encuentra entre el público. Barnett es una figura polémica del lugar, tiene tantos admiradores como detractores en el Condado de Cochise.

"Este no es un asunto de fronteras, es un tema constitucional," le dice Barnett, quien arrienda tierras fiscales además de las propias, a su amigo mientras le estrecha la mano. "Debo vigilar la propiedad del estado con sumo cuidado porque yo soy el responsable."

Barnett se da vuelta y habla con otro amigo a quien le comenta sobre la composición étnica del jurado, especialmente el único latino. "Sí, ayer había tres" dice Barnett irónicamente. "Se deshicieron de dos."


La inocencia perdida
El jurado regresa del receso y Vejar llama a Ana English, una atractiva latina que lleva pantalones oscuros y un sweater color crema y cuya hija, Emma, estaba con los Morales aquel día

"[Roger Barnett] le quitó la inocencia, le enseñó lo que era la maldad, porque eso es malo, traumatizar a una criatura para el resto de su vida," dice Ana enojada. "La gente tiene que saber lo que él hace. Ya no es solo el tema de los ilegales, sino también los niños y ellos son ciudadanos estadounidenses."

Kelliher emplea gran parte de su interrogatorio cuestionando la experiencia maternal de Ana. "¿Si usted hubiera sabido que Arturo y Ron Morales iban a llevar a su hija al rancho de Roger Barnett, la hubiera dejado ir?" pregunta Kelliher.

La respuesta de Ana es contundente: "Sé que Ron y su padre no pondrían a mi hija en peligro a propósito" Luego él pregunta reiteradamente si Ana contrató asesoramiento para su hija. En cada oportunidad responde negativamente y por último expresa: "¡Si usted está tratando de decir que soy una mala madre porque no convoqué a un asesor para mi hija, se equivoca!"

"Lo que sugiero", dice Kelliher "es que un padre sensato hubiera conseguido asesoramiento para su hijo."

La estrategia intimidatoria de Kelliher parece estar jugando en su contra. Varios miembros del jurado lo miran con evidente desprecio. Vejar llama a declarar al psiquiatra de Tucson, Héctor Barillas, quien se dirige al jurado con voz grave. Barillas le brinda al jurado una definición del desorden de estrés post traumático (PTSD, por sus siglas en inglés) y explica los síntomas necesarios para confeccionar un diagnóstico y de qué manera se manifestaron en cada una de estas tres niñas.

Su testimonio es un tanto extenso, y a medida que Barillas habla, Kelliher demuestra abiertamente su impaciencia. Se muestra inquieto y camina de un lado al otro, apoyando su cabeza contra la pared y acariciando continuamente su bigote. Esta frustración se manifiesta durante el interrogatorio que Kelliher le hace a Barillas, a quien critica por haber descrito a Barnett como un vigilante en su informe. Le pregunta a Barillas si dicha descripción es fundamental para diagnosticar un PTSD. "No se si es fundamental pero sí es importante cuando alguien aborda a otra persona con un rifle automático", responde Barillas.

Vejar, a continuación, llama al agente Timothy Williams, un policía alto y fornido cuyos anteojos de sol le han dejado marcas de un bronceado irregular. Vejar le pide a Williams, quien respondió al llamado al 911 efectuado por Ron Morales, que lea en voz alta las imputaciones penales que él oficialmente recomendó a la fiscalía para presentarlas contra Barnett: "Tres cargos de violencia personal agravada, delito grave de Clase 2, dos cargos de violencia personal agravada Clase 3, tres cargos de violencia personal agravada de Clase 6, cinco cargos por conducta inadecuada que constituye un delito menor, y cinco cargos por amenaza e intimidación. Jamás se imputó cargo alguno.

'Mexicanos sucios!'
Antes de que las niñas pasen al estrado, Roger Barnett y su esposa abandonan la sala del tribunal. Kelliher resalta que lo hacen voluntariamente como muestra de cortesía.

Una de las tres niñas que brinda testimonio, Emma English, actualmente de 13 años de edad, es la más culta y la que mejor se expresa. Esta impulsiva estudiante secundaria le dice al jurado que Roger Barnett "se empezó a poner colorado y su cuerpo comenzó a sacudirse: ‘¡Más vale que se vayan de mis tierras, mexicanos sucios!’"

Los simpatizantes de Barnett en la sala se burlan ruidosamente de la conmovedora declaración de la niña.

Más tarde, el testimonio de las hermanas es llamativamente parecido al de Emma. Tanto Vanese como Angelique aluden a la furia que enrojecía la cara de Barnett, sus movimientos, y el temor que tenían de que las matara.

"No quiero que Barnett le haga esto a ningún otro," dice Vanese solemnemente. "No quiero que le haga daño a nadie más." Kelliher mueve su mandíbula y frunce el ceño mientras que Vejar interroga a las niñas. Aunque el jurado crea o no el testimonio de las jóvenes, el lenguaje corporal de Kelliher pone de manifiesto que él no les cree. Renee Morales, una ama casa y madre sonriente, con cabello negro y lacio se sienta en el banquillo y describe cómo ve jugar a Angelique al video juego 'Big Game Hunter' mientras hace de cuenta que mata a Barnett en lugar del venado, y grita, "Muere, Barnett, muere!" mientras aprieta el gatillo. "¿Mi hija quiere que alguien muera? Pero es una niña, y uno debe pensar como lo haría una criatura de la edad de mi hija. Si él no está aquí, ella se siente segura, y hasta que ello ocurra, no se sentirá tranquila."

Renee da la espalda al jurado y fija su mirada en Roger Barnett, dirigiéndose a él directamente. La sala se queda en silencio. "No pido esto ni para perjudicarlo ni para castigarlo" le dice a Barnett. "Estamos pidiendo que se haga responsable de lo que hizo. ¿Qué le hicieron estas criaturas, Sr. Barnett?"


Encuentros anteriores
Cuando el juicio entra en la etapa de la defensa, Kelliher sigue contrarrestando emociones exaltadas con hechos vacíos de sentimiento. Está levantando la bandera de los derechos a la propiedad por sobre los civiles, lo que espera resulte favorable en un condado conservador donde muchos consideran a Barnett como un héroe.

Kelliher comienza la defensa de Barnett con una declaración grabada en un video por parte de un supervisor regional de Caza y Pesca de Arizona, que sostiene que es ilegal cruzar una propiedad privada para acceder a un terreno fiscal.

Convoca a un agrimensor que utiliza mapas para demostrar que para que los Morales llegaran al lugar de la confrontación, tuvieron que cruzar la propiedad de Roger Barnett, hecho que Ron Morales admite.

Luego Kelliher llama Donald Barnett, hermano menor de Roger y el más apuesto de los dos. Donald, ex ayudante del sheriff que renunció después de haber golpeado a un detenido, describe a los Morales como rastreros y amenazantes. Afirma que cuando vio por primera vez a Ron y a Vanese en los matorrales "lo que me llamó la atención es que estaban agazapados, corriendo para esconderse detrás de un arbusto"

Posteriormente, Donald describe un encuentro previo en el rancho con Arturo: "Habían matado y estaban carneando un venado. Les pregunté quiénes eran y me contestaron que eso no me importaba. Se puso muy enojado y me atacó con un cuchillo de caza."

"¡Objeción!" dice Romo Vejar con enojo.

"Ha lugar," responde el juez, quien luego le pide al jurado que no tenga en cuenta el comentario sin fundamento respecto del cuchillo.

Roger Barnett, también ex ayudante del sheriff, sube al estrado después de su hermano, con el rostro animado por numerosos tics y un esbozo de sonrisa. Parece tranquilo. Barnett, que vive en Sierra Vista, dice que sale a "vigilar" en las cercanías de su rancho los fines de semana junto a su esposa, su hermano y sus perros.

Barnett sostiene que cuando se encuentra con Arturo Morales, le pide al anciano que haga sonar la bocina para llamar a los otros que Donald había visto en los matorrales. Cuando regresan Ron Morales y su hija mayor, dice Barnett, Morales portaba un rifle y discutía sobre su ubicación,

insistiéndole a Barnett que se fijara en el mapa.

"Les dije: ‘váyanse’. Era necesario darles un susto, afirma" Barnett. En ese punto, según Barnett, Ron Morales se da vuelta y lo mira. "Y no lucía nada bien. Entonces digo ‘Pareciera como si fueran a dispararnos’. Me sentí amenazado"


La vigencia de la ley
Barnett le dice al jurado que también estaba preocupado respecto de que Arturo Morales podría estar escondido detrás de la camioneta con un arma. Temiendo por su propia seguridad, Barnett dice que sacó su AR-15 de la cabina de su camioneta y cargó el rifle. Después de esto, dice, Ron Morales "dejó de increparme y le ordenó a su gente subirse al vehículo." Kelliher le pregunta a su cliente si utilizó algún término con connotación racista durante el encuentro. "Eso es pura mentira," afirma Barnett. Kelliher le pregunta si está a favor de la supremacía de la raza blanca. "No," contesta Barnett.

"¿Le desagrada alguna raza en particular?" insiste Kelliher.

"No," responde una vez más.

"¿Le gusta que la gente se meta sin permiso en su propiedad?"

"Otra vez no."

Por último, Barnett trata una vez más de afirmar que temía por su vida y su propiedad. "Veía la forma en que él [Ron Morales] nos miraba, y cuando se dio vuelta pensé, ‘Bueno, esto se acaba. Nos va a matar.'"

Barbara Barnett es la última testigo por la defensa. Una mujer elegante de más de 55 años, a quien le agrada vestirse con túnicas de estampados llamativos. La esposa de Roger Barnett se sintió muy asustada por la presencia de Ron Morales y ni siquiera salió del vehículo. "Sentía mucho miedo como para hablar," sostiene. "¡Pensé que este loco nos iba a matar enfrente de las criaturas y que no le importaba nada!"

Durante el alegato final, Vejar rápidamente sintetizó su caso, poniendo énfasis en la imagen de Barnett apuntando a las niñas con un rifle de combate, y la importancia simbólica de un veredicto en su contra. "John Adams sostenía que un pueblo libre debe regirse por la ley, y no por los caprichos del hombre" comentó al jurado. "Roger Barnett está sujeto a un sistema que lo favorece constantemente, no porque tenga razón, si no porque es Roger Barnett."

El alegato final de Kelliher es más sosegado. Le explica al jurado que "esto se trata de un tema de acceso," tema que reiteró durante todo el juicio. "Un propietario tiene derecho a usar la fuerza en forma razonable para echar a los intrusos de su propiedad". Señala que Morales admitió haber ingresado a la propiedad de Barnett, y cuestiona la sinceridad del testimonio de las niñas, que no coincide en algunos aspectos con sus declaraciones escritas hechas en un primer momento. Las niñas no tenían razón alguna de inventar o adornar sus declaraciones testimoniales originales, acota Kelliher, "pero lo hacen ahora, cuando tuvieron a sus padres durante los últimos 2 años repitiéndoles los hechos ocurridos." "¿Alguien desea que esto se convierta en una cuestión sobre el tema de la inmigración?" concluye Kelliher. "Por cierto que yo no."


El veredicto
El jurado comienza a deliberar teniendo presente las 15 imputaciones que debe evaluar. Ed English y Ron Morales se dirigen a una cafetería para esperar el veredicto. Roger Barnett y su esposa permanecen en la sala. Los camarógrafos se concentran fuera del recinto. Cuando el jurado regresa a la sala de sesiones después de haber deliberado durante tres horas, los querellantes están firmes en sus asientos. Un pálido Ron Morales parece haber dejado de respirar cuando el presidente del jurado se pone de pie para dar a conocer el veredicto de cada uno de los miembros del mismo.

El jurado falla a favor de los demandantes en 14 de los 15 cargos imputados y obliga a Barnett a pagar a las familias Morales e English alrededor de US $99.000.

Kelliher y sus clientes abandonan el tribunal rápidamente, negándose a hacer comentarios. Kelliher también rehúsa responder a una carta posterior del Intelligence Report por medio de la cual se le solicitaba una entrevista.

Ron Morales está sorprendido, camina de un lado al otro de la puerta de entrada al tribunal, murmurando: "Gracias a Dios, gracias a Dios". Romo Vejar expresa su satisfacción ante los periodistas y cámaras de televisión, y considera al veredicto emitido como una "decisión memorable," e invita al Fiscal del Condado Rheinheimer a que reconsidere la presentación de cargos penales en contra de Barnett.

Un par de días más tarde, Rheinheimer relata al Bisbee Herald-Review, "Es obvio que el jurado civil vio algo, así que vamos a revisar atentamente aquello que encontró el jurado" Tres meses más tarde, Rheinheimer aún no ha iniciado ninguna acción penal contra Roger Barnett.


Los ánimos siguen caldeados
El veredicto civil fue celebrado por las organizaciones de derechos civiles y de inmigrantes en todos los Estados Unidos y apareció en los diarios de costa a costa. Sin lugar a duda, representó una luz de esperanza para aquellos habitantes de Arizona, en particular, aquellos que sienten que a los vigilantes y a la vigilancia parapolicial se les permitió pasar por encima de la ley y los principios básicos de la humanidad. Pero, al final, sólo se trató de un veredicto civil.

El apoyo local a Barnett se afianzó como consecuencia del juicio y pareció consolidarse con más fuerza a medida que transcurrían las semanas. "Creo que la mayoría del pueblo del Condado Cochise apoyan a Roger Barnett en principio, en cuanto que él defiende legalmente a su familia y su propiedad ante la invasión de los inmigrantes ilegales" reza uno de los muchos comentarios publicados a favor de Barnett en el Bisbee Herald-Review después del juicio. "Personalmente les agradezco a los Barnett y al Sr. Kelliher por apoyarnos a todos."

Al mismo tiempo, fiscales como Andrew Thomas del Condado de Maricopa, donde se sitúa Phoenix, siguen rechazando causas similares – e incluso están imputando a los inmigrantes ilegales cargos por conspiración, una nueva figura legal, por organizarse entre ellos para cruzar clandestinamente la frontera. Los primeros meses de 2007 estuvieron signados por la muerte de varias personas que cruzaban la frontera, y aunque las autoridades siguen atribuyendo dichas muertes a las controversias por contrabando de personas y drogas, cada vez hay más sospechas de que algunas personas que introducen inmigrantes en Estados Unidos son los que realmente están asesinándolos. Mientras tanto, continúa la historia de Roger Barnett.

El 30 de diciembre último, cinco semanas después de conocido el veredicto, Barnett se involucró en una agitada confrontación con un grupo de paramédicos que intentaba prestarle asistencia médica a un mejicano herido que anteriormente fuera arrestado por los agentes de la Patrulla de Fronteras en la propiedad de Barnett.

El individuo, que llevaba una mochila llena de marihuana, les comentó a los agentes del sheriff que Barnett había soltado tres perros para que lo persiguieran y que él corrió, se cayó y se lastimó la rodilla. También dijo que era diabético y que hacía tres días que no comía.

El EMT (Servicio de Emergencia Médica) recién terminaba de cargarlo dentro de la ambulancia cuando Barnett les hizo una seña para que se detuvieran y les pidió que lo dejaran subir a la ambulancia para ver los zapatos del individuo para verificar si era la misma persona que Barnett había estado persiguiendo más temprano ese mismo día. Cuando los paramédicos se negaron, Barnett que estaba armado con una pistola, adoptó un comportamiento grosero, según lo describió el médico de emergencias Robert Vega en la demanda penal presentada ante la Oficina del Sheriff del Condado de Cochise.

Según el agente designado en el caso, Barnett declaró que los "malditos médicos estaban mintiendo" y afirmaba que el encuentro, tal como se había relatado, "jamás existió". También se negó a dar su propia versión de lo sucedido.

Dos meses más tarde, el Fiscal del Condado Ed Rheinheimer, invocando falta de pruebas, desestimó oficialmente los cargos.